10 oct 2010
The Dark World Tales V
Solo tardamos unos minutos en verla, a lo lejos por encima de los picos montañosos se distinguía con toda claridad; el siniestro puntal de una torre.
-¿Que es eso?-
-Eso joven señor, es la torre de las ánimas, apenas falta una hora para el final de vuestro viaje-
Aquella fue la hora mas corta de mi vida.
A medida que la torre iba aumentando en nuestro campo visual, empequeñeciendo incluso a las escarpadas montañas cuya imponente presencia al principio intentaban hacerle sombra, me di cuenta de su gigantesco tamaño.
Su enorme masa ocultaba la escasa luz de la luna proyectando una insoldable sombra sobre el mundo.
Un repugnante hedor invadió el aire a medida que avanzabamos
-Por dios ¿que es esa peste?-
-Estamos cerca de los túmulos reales, el lugar donde reposan los restos de los antiguos señores del mundo oscuro. Y desde hace poco también es el hogar de un nuevo aliado.-
-¿Quien puede querer vivir entre cadáveres?-
-Es mejor que esa pregunta os sea respondida mas adelante joven señor-
Cuando por fin estuvimos frente a la base de la torre,me di cuenta que ese lugar no era una torre.
¡¡Era un jodida montaña!!
Alguien había esculpido una montaña entera hasta darle forma y convertirla en una inexpugnable fortaleza.
Nos encontrábamos contemplando un espectáculo sobrecojedor; frente a la propia fortaleza se extendía una kilométrica llanura sobre la cual había formado un ejercito.
Soldados de vanguardia con sus lanzas apuntando al tormentoso cielo formaban escuadras de cincuenta hombres, estaban flanqueadas a ambos lados por dos veintenas de arqueros.
Al frente de cada unidad se erguia orgulloso un oscuro caballero.
Enfundado en una pesada armadura de metal azul, empuñaba una larga espada frente a él en señal de saludo.
Cada cinco escuadras estaban lideradas por un enorme guerrero, las alas plegadas a su espalda como una capa. Debía medir mas de dos metros de alto y pesar cerca de 150 kilos. Una mole de músculos cubierto por una armadura negra con adornos plateados, cruzaba sobre su poderoso pecho dos puñales plateados del tamaño de una espada humana.
A sus pies se removian inquietos cinco cazadores carmesíes, deseosos de una nueva presa.
En el cielo, los relámpagos restallaban como el látigo de un dios iracundo, dando a todo el lugar una apariencia fantasmal.
Entre los espesos bancos de nubes se podían ver unas grandes aves de presa volando en círculos sobre la torre de las animas; poseían un esbelto cuerpo hecho de lo que parecían laminas metálicas y sus alas de fuego dejaban una estela luminosa tras ellas.
Una de las aves de mayor tamaño se posó repentinamente en la muralla sobre el pesado portón que protegía el patio interior, extendiendo sus poderosas alas. Como si fuera una señal este se abrió con un pesado crujir metálico.
Todos los soldados se giraron como un solo hombre, con la precisión una maquina bien engrasada para abrir un pasillo hasta la entrada a la fortaleza.
-Venid joven señor, vuestra llegada ya ha sido anunciada-
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